El personaje interactúa
Jamás había pagado por ver un espectáculo de ese estilo. Para Eusebio, el tango era la invisible compañía mientras limpiaba su casa.
El día antes de su programada salida nocturna lustró sus mocasines, buscó la corbata de rayas grises y cepilló su sobretodo negro. Por si acaso fuera el espectáculo un mamarracho, colocó en el abrigo una edición de bolsillo de Manuel Rivas.
Se sentó en una de las mesitas junto al escenario y pidió un whiskys con un solo cubito de hielo y un dedo de soda. Entonces la vio: pegada al telón, a punto de presentarse ante el público, una jovencita intentaba controlar la emoción de su cuerpo. Un locutor la presentaba. Ella se iluminaba mientras el figurín engominado se le acercaba. Morocha, frágil y fuerte a la vez, decidida y temerosa. Un personaje difícil de describir. Eusebio estaba hipnotizado (como si ante sus ojos tuviese al mismísimo Twain). Margot seguía en su mundo, ajena a su bailarín, al público, a él.
Cuando se escucharon los primeros acordes, la voz de su admirado Julio Sosa lo transportó al escenario y entonces, sólo por unos minutos (y porque se trataba de un sueño de despierto), Eusebio fue el arrabalero rosarino que le cantaba a su amor: “Ché Papusa, oí, los acordes melodiosos que modula el bandoneón…” mientras su amada milonguera sacaba brillo a la pista bajo la tenue luz de un farol.
El sueño duró lo que dura un tango. Acabado el último acorde, Margot y su compañero saludaron con una referencia a su público: un puñado de extranjeros en una mesa, los gritones de la despedida de soltero, y ese hombre solo que (como el de la habitación 201) la había mirado de una manera especial, con respeto, pero tan int ensa su mirada que por un momento cerró los ojos mientras bailaba y pudo sentir como le susurraba al oído: “milonguerita linda, papuza y breva…”.
Los bailarines se perdieron tras el escenario para dar lugar al próximo número. Eusebio pagó su whisky y se fue. Quizás se permitiera soñar con ella una de cada dos noches.-
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