martes, 6 de diciembre de 2011

Un paso gustoso

La carta
Estimada Margot:

                              Espero no le resulte agraviante mi atrevimiento de escribirle estas palabras. Quiero que sepa que lo hago desde el más sincero respeto y sólo su arte al bailar me ha motivado.
                             Debo reconocerle que jamás había disfrutado de un espectáculo como el que Usted ha dado. Porque el tango, (para mí) era sólo para escucharlo; y que puede uno ver en la forma en que interpretó esa milonga horas de trabajoso ensayo y un profundo amor por lo que hace. Admiro eso.
                            Por lo gratificante que me ha resultado la pasada velada, es que he reservado la misma mesa junto al escenario para el sábado próximo, y esperando animosamente no ser considerado un impertinente por Usted, aprovecho la presente para invitarla a compartir, luego de su actuación, un café o la cena si fuera de su agrado. Me comprometo a brindarle una amena conversación. 
                             No deseando robarle más de su tiempo, quedo al aguardo de poder disfrutar de su compañía el sábado próximo.
                             Respetuosamente.-


                                                                Eusebio Lozano

Un paso en firme

El personaje interactúa
 
Jamás había pagado por ver un espectáculo de ese estilo. Para Eusebio, el tango era la invisible compañía mientras limpiaba su casa. 
El día antes de su programada salida nocturna lustró sus mocasines, buscó la corbata de rayas grises y cepilló su sobretodo negro. Por si acaso fuera el espectáculo un mamarracho, colocó en el abrigo una edición de bolsillo de Manuel Rivas.
Se sentó en una de las mesitas junto al escenario y pidió un whiskys con un solo cubito de hielo y un dedo de soda. Entonces la vio: pegada al telón, a punto de presentarse ante el público, una jovencita intentaba controlar la emoción de su cuerpo. Un locutor la presentaba. Ella se iluminaba mientras el figurín engominado se le acercaba. Morocha, frágil y fuerte a la vez, decidida y temerosa. Un personaje difícil de describir. Eusebio estaba hipnotizado (como si ante sus ojos tuviese al mismísimo Twain). Margot seguía en su mundo, ajena a su bailarín, al público, a él.  
Cuando se escucharon los primeros acordes, la voz de su admirado Julio Sosa lo transportó al escenario y entonces, sólo por unos minutos (y porque se trataba de un sueño de despierto), Eusebio fue el arrabalero rosarino que le cantaba a su amor: “Ché Papusa, oí, los acordes melodiosos que modula el bandoneón…” mientras su amada milonguera sacaba brillo a la pista bajo la tenue luz de un farol.
El sueño duró lo que dura un tango. Acabado el último acorde, Margot y su compañero saludaron con una referencia a su público: un puñado de extranjeros en una mesa, los gritones de la despedida de soltero, y ese hombre solo que (como el de la habitación 201) la había mirado de una manera especial, con respeto, pero tan int  ensa su mirada que por un momento cerró los ojos mientras bailaba y pudo sentir como le susurraba al oído: “milonguerita linda, papuza y breva…”.
Los bailarines se perdieron tras el escenario para dar lugar al próximo número. Eusebio pagó su whisky y se fue. Quizás se permitiera soñar con ella una de cada dos noches.-

Un pasito importante, casi derechito.

Descripción de un personaje


Se llama Eusebio Lozano y ya han pasado 58 años, 3 meses y 3 días, desde su nacimiento en Rosario, Santa Fe.  Su reloj interno lo levanta todos los días puntualmente a las siete y media de la mañana. Desayuna medio vaso de agua, cinco galletitas de salvado, un trozo de queso fresco, y al final, va la taza de café negro. Se lava los dientes con la mano izquierda aunque es diestro de nacimiento.
Calza alguno de sus largos y rectos pantalones de paño gris o marrón; el de paño azul es sólo para cuando planea quedarse en la casa todo el día; elige una entre sus múltiples y casi idénticas camisas blancas y busca un chaleco de cashemire que combine. A los pies, los infaltables mocasines de cuero marrón de Casa Guido. 
Hace un año le dieron la jubilación anticipada en la empresa en la que trabajó toda su vida como contable. Desde entonces sólo sale de su casa por la mañana, y a más tardar, a las doce del mediodía enciende la tele para ver una hora de noticias mientras almuerza frugalmente (así el estómago no le pide una siesta). La tarde es para su hobbie.
Le gusta leer: lee, lee, lee. Para lo que queda de este año se propuso leer dos autores más que empiecen con la letra R y después ya pasar a los de la S. Está deseando llegar a Twain, pero ese será su auto-regalo de los sesenta años: la colección completa de Mark Twain para su biblioteca.-

Otro paso hacia adelante

Descripción de una escena


Ana María sintió un escalofrío al entrar. Hasta ese lugar no llegaba la luz del sol para entibiarlo ni la brisa de un bosque para limpiarlo. Caminó por el pasillo hacia el centro del salón. Ese espacio vetusto y olvidado que tanto había amado se estaba pudriendo en soledad.
Se sentó, y observó todo como desde una cámara: cuadro a cuadro. Estaba mucho más abandonado de lo que esperaba. La magia del telón se había evaporado. Ahora solo era unos cuantos metros de tela sin ninguna función más que la de exhibir su decadente destino de banquete para las polillas.
Miró hacia el techo. Hasta allí también había llegado el olvido, la desidia. Se estaba cayendo a pedazos. Sería imposible, aún con la más complaciente imaginación, ver allí ese cielo estrellado que de niña descubriera al tumbarse en la alfombra del pasillo cuando las luces se apagaban.  
Se inclinó sobre el asiento de adelante. Cerró los ojos y lo acarició. El cuero estaba resquebrajado de tan seco y la madera tenía señas de haber sido humillada en más de una oportunidad por las manos de algún adolescente aburrido (o enamorado).  
Se incorporó, y antes de ir en búsqueda de la escalera que la devolvería a la calle, la curiosidad pudo con ella: caminó hasta aquel cortinado (que otrora separara la realidad de la ficción) y se perdió en la oscuridad de la trastienda.-   

miércoles, 23 de noviembre de 2011

1° paso (un, dos, tres, probando...)

Descripción de un escenario




             El pequeño y luminoso comedor huele a rosas. En la pared del fondo la única ventana, vestida con unas cortinas a medida. Bajo ella, un pequeño y mullido sillón y una alfombra de lana a los pies. En el centro del ambiente, una mesa provenzal de madera oscura y sobre ella, una jarra y cuatro copas de cristal diferentes entre sí. Las sillas, que mantienen el estilo, se han tapizado con un alegre cotín florido.
El techo a “dos aguas” de machimbre blanco igual que las paredes, llega hasta el borde superior de la ventana. De él cuelga una araña de hierro negro, con las pantallas en cuadrillé rojo y blanco.
Junto a la entrada, del lado opuesto a la ventana, una biblioteca de concreto con cuatro estantes: en uno se luce una colección de matrioskas, en otro revistas femeninas y de viajes, y en los restantes, fotografías de bellos paisajes y caras felices.-