Descripción de una escena
Ana María sintió un escalofrío al entrar. Hasta ese lugar no llegaba la luz del sol para entibiarlo ni la brisa de un bosque para limpiarlo. Caminó por el pasillo hacia el centro del salón. Ese espacio vetusto y olvidado que tanto había amado se estaba pudriendo en soledad.
Ana María sintió un escalofrío al entrar. Hasta ese lugar no llegaba la luz del sol para entibiarlo ni la brisa de un bosque para limpiarlo. Caminó por el pasillo hacia el centro del salón. Ese espacio vetusto y olvidado que tanto había amado se estaba pudriendo en soledad.
Se sentó, y observó todo como desde una cámara: cuadro a cuadro. Estaba mucho más abandonado de lo que esperaba. La magia del telón se había evaporado. Ahora solo era unos cuantos metros de tela sin ninguna función más que la de exhibir su decadente destino de banquete para las polillas.
Miró hacia el techo. Hasta allí también había llegado el olvido, la desidia. Se estaba cayendo a pedazos. Sería imposible, aún con la más complaciente imaginación, ver allí ese cielo estrellado que de niña descubriera al tumbarse en la alfombra del pasillo cuando las luces se apagaban.
Se inclinó sobre el asiento de adelante. Cerró los ojos y lo acarició. El cuero estaba resquebrajado de tan seco y la madera tenía señas de haber sido humillada en más de una oportunidad por las manos de algún adolescente aburrido (o enamorado).
Se incorporó, y antes de ir en búsqueda de la escalera que la devolvería a la calle, la curiosidad pudo con ella: caminó hasta aquel cortinado (que otrora separara la realidad de la ficción) y se perdió en la oscuridad de la trastienda.-
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